Convención de Cristianos por Europa: el éxito del encuentro religioso internacional de Barcelona

”Nosotros, hombres y mujeres de Europa, en nuestra condición de ciudadanos unidos por la fe en Jesucristo, honramos los valores de quienes creen en Dios como fuente de Verdad, Justicia, Bien y Belleza, y desde la voluntad de diálogo con aquellos que, a pesar de no compartir esa fe, respetan estos valores universales…”. Con estas palabras, inspiradas en el preámbulo de la Constitución de Polonia, se iniciaba el Manifiesto de Barcelona de la Convención de Cristianos por Europa (CCE) que se reunió los días 6, 7 y 8 de diciembre.

Esta introducción expresa bastante bien y en pocas líneas el sentido de todo el Manifiesto. Por un lado, la afirmación de una realidad: la existencia de un sujeto cristiano en Europa. Por otro, la vocación de converger con todo el mundo en la búsqueda de la verdad, la consecución de la justicia y la promoción y defensa del bien. El Manifiesto continúa diciendo: ”La realidad cristiana, además de raíz de la civilización europea, es una realidad comunitaria pública, viva y activa, y tiene que ser asumida como tal por el futuro tratado constitucional… La neutralidad, es decir, la aconfesionalidad de las instituciones, no consiste en negar la dimensión colectiva del hecho religioso, sino en reconocerla al lado de otras concepciones globales religiosas y no religiosas, con las cuales se puede dialogar para conseguir el bien común europeo y la fraternidad universal”. No se trata, por tanto, de confundir Europa con un ”club cristiano”, sino reconocer las raíces, la cristiana junto con otras, porque están vivas y bien presentes en la sociedad europea.

No se quiere hacer arqueología, sino expresar simultáneamente los fundamentos y el punto de encuentro de la identidad europea, que no es únicamente cristiana, como no es tampoco únicamente laica. Europa no será más o menos cristiana por el hecho de mencionarlo, no se trata de esto, como algunos concluyen, sino que la construcción de la identidad europea necesita el reconocimiento de sus fuentes y el cristianismo es una fundamental, no sólo religiosamente, sino también culturalmente. El laicismo de las instituciones no es expresión de neutralidad, sino todo lo contrario. Porque hay dos tipos de Estado confesional: el teocrático, donde la libertad de conciencia queda confinada a la privacidad, y el laicista, que reduce la religión a las cuatro paredes de la vida privada. La neutralidad del Estado sólo es garantizada por el Estado aconfesional que reconoce la libertad de conciencia y la naturaleza colectiva y pública de la religión que se expresa en las diferentes Iglesias, pero sin asumir ninguna como propia.

El futuro tratado constitucional representa una magnífica oportunidad de llevar a cabo un doble proceso absolutamente necesario. Por una parte, se puede forjar la identidad europea real, que viene de una realidad histórica que vive en el presente. Por otra, tiene que servir para construir el punto de encuentro en el que las diversas realidades colectivas de Europa establezcan el común denominador de identidad y convivencia. Entre estas realidades, las confesiones religiosas, en especial las cristianas, constituyen un componente destacadísimo, como lo pone de relieve el reciente estudio del Comisionado del Plan francés al indagar las relaciones entre religión y vinculación europea. En este marco de debate, la Convención de Cristianos por Europa ha significado un punto de arranque, muy importante para los católicos, que es necesario ampliar y extender a los cristianos de otras confesiones, y al mismo tiempo trabajar juntos con las comunidades judías y musulmanas, con el convencimiento de que el hecho religioso tiene mucho que aportar a la construcción de una Europa capaz de intervenir activamente y con eficacia en la construcción de la fraternidad universal.

Escribía un destacado periodista de Madrid que asistió a la reunión: ”Nunca había visto a tantos católicos de diferentes pelajes y sensibilidades reunidos de igual a igual, en un foro de acción, reflexionando juntos como un solo sujeto”. Porque en Barcelona se reunieron representantes de organizaciones territoriales tan destacadas como el Comité Central de los Católicos Alemanes, las Semanas Sociales de Francia, los grupos polacos, la Asociación Católica de Propagandistas, la Federación de Cristianos de Cataluña, por situar algunos referentes territoriales concretos. También miembros de los movimientos internacionales, como los Focolares, Regnum Christi y Comunión y Liberación. Organizaciones sectoriales como el Movimiento de Trabajadores Cristianos, la Unión Católica de Trabajadores y la Acción Social Empresarial, en el ámbito de la economía. Diputados del Parlamento Europeo procedentes de Francia, España -muchos de Cataluña, Portugal, Italia, Alemania, Hungría y Eslovenia, así como parlamentarios estatales desde Irlanda hasta Polonia; nueve universidades católicas de primera fila y una larga lista de fundaciones y grupos más específicos. Por el número limitado a 150 delegados, la diversidad nacional y de experiencias sociales y religiosas no podría ser mayor.

El resultado significa un avance decisivo en la formación de la unidad de los católicos para actuar en el plano europeo, como en otra medida y alcance lo promueve E-Cristians en Cataluña y empieza a configurarlo en España. La partida no ha hecho más que empezar, porque la CCE no es una reunión ocasional, sino una organización permanente por la unidad de acción en la sociedad y las instituciones europeas. Y esta realidad ha sido iniciada y se ha constituido en Cataluña y en catalán, dos características que es necesario subrayar, entre otras razones porque no vamos sobrados de protagonismo europeo.

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Cas Morín

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