Ampliación del Curso de Formación para Padres: Dios, en la vida de nuestros hijos

Recuerdo una experiencia que me impresionó y que me explicó una joven que cuidaba tres niños de 8, 5 y 2 años. Al niño de 5 años, con un falso movimiento, en la cocina, le cayó un bote d’agua hirviendo encima, especialmente en la cara. Lloraba mucho y decía: “no veo”. Cuándo los padres llevaron al accidentado al hospital para curarle las quemaduras, la niñera se quedó muy triste comentando que, si el niño se quedaba ciego, seria por culpa suya. El hijo de 8 años se acercó a ella y le dijo: “No llores, no es culpa tuya ni de nadie, sólo sucede lo que Dios permite”. Al volver a casa con el pequeño curado, esta chica lo explicó a la madre, que reconoció en las palabras de su hijo una dulce caridad para tranquilizar a la niñera y una gran confianza en su Padre Dios. También comprendió que las palabras de su hijo eran el resultado de lo que tanto ella como su marido habían querido transmitir: amar la voluntad de Dios, vivir el “hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo” de la oración que Cristo enseñó, el Padrenuestro. Y es que la gran lección para transmitir a la familia es la de confianza absoluta en Dios, Padre bueno que vela por las necesidades de sus hijos.

Esta anécdota vivida nos demuestra que, como siempre, la mejor educación es el ejemplo de los progenitores. Cuando se tiene alguna dificultad, alguna contrariedad, algún dolor, los niños ven perfectamente como se supera, como se afronta o como se llora, pero siempre refiriéndolo todo a Dios. Muchas vocaciones en el sacerdocio, muchas buenas obras que se hacen, la visión sobrenatural para encajar con fortaleza cristiana los embates que procura la vida son debidas, en buena medida, al testimonio recibido en el ámbito familiar. Los primeros años de vida de los niños son importantes para descubrir que Dios está presente en el hogar. Antes del uso de razón, los niños pueden distinguir lo que está bien de lo que está mal y, por lo tanto, lo que complace o no a sus padres y a Dios. “En el pensamiento de la Iglesia, un hogar verdaderamente cristiano es el ambiente en que se nutre, crece y se desarrolla la fe de los niños y dónde aprenden a hacerse, no únicamente hombres, sino también hijos de Dios“. Son palabras del Beato Papa Joan XIII.

La parábola del hijo pródigo, así como otras narraciones del Evangelio, puede hacer descubrir a los niños y jóvenes la bondad de un Padre lleno de misericordia: “…todavía estaba lejos, que su padre lo vio y se conmovió, corrió a echársele al cuello y lo besó”. Sólo en este pequeño pasaje, viendo que el padre no espera que el hijo llegue a él, sino que se adelanta a buscarlo, y haciendo la plegaria del Padrenuestro despacio y bien explicado, se puede hacer germinar en el alma de los hijos y hijas la seguridad de que Dios siempre está a su lado, que perdona y aprecia y enseña a perdonar y a amar.

No hace falta olvidar que, muchas veces al día, padre y madre, junto con sus hijos, deberán alzar su corazón a Dios para darle gracias: por el nacimiento de un hermano, por los alimentos recibidos, plegaria antes de ir a dormir y al levantarse, pedir perdón por una maldad, ver la grandeza de Dios en la contemplación de la naturaleza y todas aquellas otras oportunidades que deben aprovecharse para ir educando a los suyos en el amor a Dios. Pablo VI observaba que: “el hombre contemporáneo escucha más de buena gana a los testimonios que a los maestros, o si escucha a los maestros es porque son testimonios”.


Próximo capítulo: Jesucristo, el modelo.

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Cas Morín

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