¿Se entiende Europa sin el cristianismo?

Fruto de un regalo, atesoro el primer ejemplar de la revista CRITERION, renacida en 1959, y que fue una referencia de la cultura catalana. Era significativo el tema escogido en aquel retorno, La Unidad Espiritual de Europa. Sobre esta cuestión escribían, entre otros, el Pare Basili (de Rubí), Maspons Anglasell, Prats Ballester, Roca i Caball (padre del ex dirigente político catalán Miquel Roca) y Salvador Espriu: “Jo sóc d’una petita terra sense rius de debò…” (“yo soy de una pequeña t…

Fruto de un regalo, atesoro el primer ejemplar de la revista CRITERION, renacida en 1959, y que fue una referencia de la cultura catalana. Era significativo el tema escogido en aquel retorno, La Unidad Espiritual de Europa. Sobre esta cuestión escribían, entre otros, el Pare Basili (de Rubí), Maspons Anglasell, Prats Ballester, Roca i Caball (padre del ex dirigente político catalán Miquel Roca) y Salvador Espriu: “Jo sóc d’una petita terra sense rius de debò…” (“yo soy de una pequeña tierra sin ríos de verdad…”). En aquella fecha, imperaba en Cataluña el franquismo profundo; en Europa, el Mercado Común era una realidad balbuciente, mientras en el Vaticano forjaba la esperanza el Papa Juan XXIII. Los textos manifestaban idéntica tesis: Europa es una realidad configurada por la relación entre el cristianismo y el humanismo en su origen helénico y sus sucesivas reformulaciones, tercer Renacimiento en el siglo XV, Ilustración en el XVIII, existencialismo y personalismo en el siglo XX. Y es que, en realidad, ésta era la cultura compartida por el catalanismo de la recuperación, cuando se construía la unidad política de Europa de la mano de Schuman, Monet, De Gasperi y Adenauer, quienes fueron, ante todo, católicos metidos a políticos.

Pero saltemos del pasado próximo al más lejano con uno de los grandes historiadores de la mal llamada Edad Media, Jacques Le Goff (En busca de la Edad Media), un científico honesto y agnóstico confeso que afirma rotundamente que la cultura europea es inexplicable sin lo cristiano, empezando por la significación del calendario y sus festividades o las rutas de las peregrinaciones, que unen pueblos y estructuran el comercio, como lo es todavía para muchos, creyentes o no, el Camino de Santiago. Estos aspectos materiales definen la otra vertiente de la matriz cristiana de Europa, que no es sólo religiosa, sino simplemente cultural. ¿O es que acaso Rousseau y todavía más Kant no son deudores de la filosofía de la interiorización de San Agustín? Y es que el hilo rojo de la cultura cristiana no se corta del todo si desaparece la fe.

Otro autor esencial, judío en este caso, Joseph H. H. Weiler, un reconocido constitucionalista (Una Europa cristiana), afirma sin ambages, en un excursus por el derecho comparado, la conveniencia de que la Constitución Europea se refiera al cristianismo, en línea con lo que establece la Constitución polaca, donde creyentes y no creyentes afirman compartir y converger en el texto constitucional. Un clásico Christopher Dawson, en su imprescindible La religión en la cultura occidental, pregunta necesariamente: “¿Qué hizo que un pequeño y pobre grupo de pueblos de Europa occidental, en un período de tiempo breve, se emancipase de la dependencia que, durante siglos, sujetó al hombre con la naturaleza y transformase el mundo?”. “El cristianismo”, responde.

Desde los fundamentos del renacido catalanismo político hasta la historia contada por un agnóstico, pasando por el derecho constitucional visto por un judío y la cultura narrada por un cristiano, se produce una plena coincidencia: Europa es inseparable del cristianismo y, en buena medida, por tanto, del judaísmo. No sólo es la religión cristiana, pero resulta incomprensible sin esta confesión. Negarlo es falsear la historia y negarnos a nosotros mismos. Es el nihilismo cultural europeo que está construyendo esta desgraciada Sociedad de la Desvinculación donde, como escribe Tessek Kolakoswky, “ser totalmente libre de la herencia religiosa o de la tradición histórica es situarse en el vacío y, por tanto, desintegrarse”. Mientras tanto, el nuevo presidente del Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, se opone a toda referencia al cristianismo en la nueva Constitución europea.

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Cas Morín

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