Carta Semanal de Josep Miró i Ardèvol

Dos temas que afectan a los adolescentes son de mucha actualidad. Uno es el de la preocupación -por enésima vez- de las borracheras entre los menores, con ingestas masivas de alcohol en determinados días de la semana. La fiesta, para una parte creciente de ellos, es diluir su conciencia por la ingesta de determinadas bebidas. No sé que es más peligroso, si la consecuencia, la borrachera, o la causa que la impele. Una parte importante de nuestros jóvenes buscan la enajenación alcohólica. Creo que esta sociedad no ha meditado bastante sobre este hecho, que además ya reúne más chicas, el 54%, que chicos, el 46%, de 14 a 18 años.

¿Por qué lo hacen los jóvenes, cuáles son las causas de una pulsión que los lleva a huir de su realidad para divertirse? Con una referencia adicional, de lo que nunca se habla, la experiencia religiosa: no hay católicos practicantes inmersos en esta situación.

Y si las chicas ya parece que viven más en régimen de riesgo, hay que señalar otra patología que se ha hecho pública estos días y sólo limitada a ellas. La de infligirse cortes, herirse en las manos, las piernas, o en lugares menos visibles. Lo hacen por causas diversas pero con un denominador común, el sentimiento de abandono, de frustración insuperable, de sentirse maltratadas por su entorno. ¿Por qué se da esta reacción tan cruenta y precisamente en las chicas, cuando el feminismo de la perspectiva de género se ha convertido en doctrina oficial? Cuando más impera esta doctrina, un espesor de sus teóricas beneficiarias, precisamente aquellas que no han conocido por la edad ningún otro referente se castigan -una pequeña parte de ellas- o se alcoholizan.

Hay un problema de sentido en la vida de los jóvenes, que los responsables, familia, escuelas, sociedad, no saben afrontar. Han obsesionado lo que había y ha quedado el vacío. Hay un diagnóstico integral de todos estos fenómenos, y una crítica también integral al modelo y valores de la sociedad que lo hace posible, porque todas estas desdichas, como otras, son hijas suyas. Cabe señalarlo con claridad y reiteración, para contrapesar el querer mirar hacia otro lado que caracteriza a las instituciones y los medios de comunicación. Se ha querido derribar la conciencia religiosa, y en gran medida lo han conseguido, pero lo que ha quedado, cada día se hace más evidente, no es el bonito edificio prometido, sino escombros y más escombros.

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Cas Morín

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