e-Cristians: Una reflexión hacia fuera

El proyecto de e-Cristians tiene 18 años de vida. Los que formamos parte estamos totalmente convencidos de que la asociación debe continuar y debe crecer, que nuestra sociedad, nuestro país la necesita. Hay que seguir haciendo lo que estamos haciendo: defender activamente la presencia cristiana en la vida pública, e intentar hacer red entre las muchas islas e islotes en que hoy han quedado dispersados ​​los cristianos en nuestro país. A continuación trataremos sólo la primera gran razón de ser de e-Cristians: la defensa del cristianismo en la vida pública.

Quien piense que las ideas y valores que en cada época dominan en una sociedad (hoy podríamos hablar también de un ámbito más global) son sólo el resultado no buscado de la evolución de la técnica, la economía, la moda, de la cultura en el sentido amplio, está equivocado. Gramsci afirmó lúcidamente que la conquista del poder cultural es previa a la del poder político, y que la batalla cultural se gana con la acción concertada de los intelectuales en los medios de comunicación y en la universidad. La cita es oportuna, no porque e-Cristians tenga una especial ambición política, sino para poner de manifiesto que la cultura no es un terreno pacífico, en el que de forma espontánea surgen las normas, las modas, la tecnología y la obra de los creadores. No, cada cultura se desarrolla en un marco de referencia determinado, y hay una batalla permanente para apoderarse del marco y centrarlo en determinadas ideologías.

Este marco en los últimos dos siglos, a nivel global y en nuestro país de forma aún más drástica, progresivamente ha dejado de estar centrado en la fe y cultura cristianas y en la Iglesia, pasando éstas a ocupar un lugar cada vez más marginal. Esta marginalidad responde en parte a la evolución de la tecnología, la economía y la cultura, entendida en el sentido más amplio. De esta evolución el cristianismo ha sufrido los inconvenientes y no ha obtenido suficientes ventajas. Por ejemplo, la introducción de la TV en los hogares disminuyó gravemente la tradición (entendida como transmisión) de la fe, y no sólo de la fe, entre generaciones; o hoy la generalización de las TIC, y en particular la combinación del teléfono móvil e internet, hace muy difícil, sobre todo a los jóvenes, encontrar momentos de paz interior, requisito para la vida espiritual. La marginalidad cristiana responde también a errores de la propia Iglesia, tanto respecto a la sociedad en general, como respecto a sus propios fieles. Pero todo ello no se explica sin tener en cuenta el activismo de los que promueven las ideas y valores opuestos a los cristianos.

Podríamos situar el origen a una parte de la Ilustración (no toda fue anticristiana), que dio lugar a ideologías como el marxismo, el anarquismo o el liberalismo individualista. Es bastante conocido el peso del marxismo en la vida intelectual y universitaria europea desde los años cincuenta a los noventa. Con la caída del muro de Berlín y el derrumbe del mundo comunista, el marxismo más que desaparecer, nos mudó en la llamada ideología de género.

Los diferentes movimientos que forman el pack formado por la ideología de género, el feminismo radical y el movimiento LGTBI, después de un trabajo intenso de décadas en el ámbito cultural, han pasado a controlar el poder político. Y desde el poder político quieren reforzar su hegemonía cultural: leyes, organismos, subvenciones, protocolos de actuación en el sector público y en la vida social, gran peso en el mundo educativo y en el de los medios de comunicación, …

Esta hegemonía cultural, ideológica y política la han conseguido sin prácticamente tener que librar ningún batalla. También es cierto que los defensores del nuevo pensamiento dominante no suelen atacar de frente y son maestros en el arte de la emboscada política. Por poner un ejemplo, el derecho a la objeción de conciencia era reivindicado con fuerza para defender dichas ideologías cuando eran minoritarias, y ahora, se quiere proscribir o limitar a los que se oponen a aquellas, una vez han devenido hegemónicas.

Pero lo cierto es que los cristianos de las últimas décadas no hemos estado a la altura del momento histórico al no presentarse a la batalla cultural, hoy ya de ámbito global. No será por falta de referentes: Joseph Ratzinger primero, Benedicto XVI luego como Papa, por poner un ejemplo indiscutible de los últimos cincuenta años. No sería justo ni acertado atribuir la responsabilidad de esta pasividad a la jerarquía católica ni a los ministros ordenados en general. Como hemos dicho antes, la Iglesia tiene cosas que enmendar, tanto respecto a la sociedad en general, como respecto a sus propios fieles. Pero los signos de los tiempos hacen que obispos y sacerdotes hoy deban centrarse en lo que es su misión primera y esencial: evangelizar y hacer de pastores en sus respectivos ámbitos.

No es sólo una cuestión de insuficiencia de ministros ordenados. Es que los laicos cristianos tenemos también nuestras responsabilidades y obligaciones. Primero, en nuestras respectivas familias. Después, en nuestro entorno más inmediato. Y, por último, pero no por ello menos importante, respecto a la sociedad en general.

Si queremos que las cosas cambien y sacar al cristianismo de su actual marginalidad social, cultural y política, los cristianos laicos tendremos que empezar a trabajar seriamente y de forma organizada. Tenemos una herramienta para hacerlo que es e-Cristians. No la marginemos, utilicémosla.

Carles Ros i Arpa (Miembro Secretariado General de e-Cristians)

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