Reseña de un intelectual controvertido: Ramon Roquer i Vilarasa

Vida y bibliografía del Dr. Roquer

Ramon Roquer i Vilarasa nació en Ripoll el 1901 y murió en Barcelona el 1978. Doctor en teología por la Gregoriana; licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona. Uno de los pocos clérigos con estudios civiles. Profesor en el Instituto Maragall y más tarde, en la Universidad de Barcelona. Vinculado también al mundo del periodismo; profesor de la sede barcelonesa de la Escuela Oficial de Periodismo. Durante la guerra reafirmó sus estudios y tuvo acceso al pensamiento de Husserl y de Heidegger.

Entre sus obras más conocidas cabe citar La moral contingentista de Emili Boutroux; Lecciones de Etica; Ontología y teoría del conocimiento; El Fundamento de la moral en Balmes y, sobre todo, la más conocida, La plegaria eterna. Colaborador habitual en CRITERION, LA PALABRA CRISTIANA o CONVIVIUM y otras revistas hoy desaparecidas. Prior de Sant Jordi del Palacio de la Generalitat, entonces Diputación. Director espiritual del Hospital de la Santa Creu y Presidente de la Academia de Filosofía de la archidiócesis (1971).

Conocido popularmente por sus columnas religiosas en LA VANGUARDIA donde escribió semanalmente desde 1947 hasta 1976. Autor de diversas obras de cariz bíblico o religioso como Semana Santa, las notas en La Santa Biblia o traducciones al catalán o castellano prologando libros. Es, como hizo notar al Sr. Albert Manent, «otro gran olvidado que merece estudio». La reseña de la Secretaría General del obispado con motivo de su muerte el 31 de Julio de 1978 remarca sobre todo «su vocación universitaria y periodística» y sitúa su filosofía en una «línea neoescolástica» aunque le reconoce un espíritu de apertura para con las corrientes más actuales de la filosofía especialmente con Husserl y Heidegger.

Destaca también su «dimensión pedagógica». Hay que decir que Roquer, junto con Monseñor Tusquets, formaban parte de la Sociedad Internacional de Pedagogía Comparada. Justamente he querido resaltar el lema «el misterio de Dios y la comunión con el hombre» que fue una de las afirmaciones que el Obispo Aux. Dr. Capmany en la homilía de la celebración exequial del Dr. Roquer resaltó de nuestro autor.

Del conjunto de confidencias que he podido recoger querría señalar su perfil de hombre inteligente, de temperamento extrovertido, de carácter abierto y franco, incluso simpático, de un talante independiente y de una gran cordialidad. Buen conversador y muy sociable. Entre otras anécdotas que son testimonio de este perfil, dicen que en la celebración diaria de la Eucaristía en el altar del Pilar Parroquia de la Concepción tenía que sufrir a una feligresa que le decía a menudo, increpándolo: «En el altar del Pilar y en Catalán!!!». Lo mismo podemos decir de su trato benévolo con el alumnado con quien era normalmente generoso con las calificaciones y si alguien pensaba que no se merecía aquella buena nota él decía que «no hay nada que castigue tanto como uno notable cuando piensas que no te lo mereces». Es curioso.

Igualmente resaltado queda su juicio casi balmesiano cuando, según nos dice el Dr. Bilbeny, el Dr. Roquer recomendaba un método infalible para leer filosofía: «Si no se entiende un texto a la primera lectura, hace falta hacer una segunda; si ésta no hace efecto, todavía se repetirá una tercera vez. Si tampoco se entiende, la cosa está clara: el autor nos lía». Amigo personal de Jaume Bofill con quien se conocían desde el Instituto Maragall y después en la universidad de Barcelona, dicen que en la comida con motivo de las oposiciones de Jaume Bofill como catedrático de Metafísica comentó «El Dr. Miravent (catedrático de Estética) ha sido mi profesor, el Dr. Carreres (catedrático de Lógica) ha sido mi compañero, pero el Dr. Bofill, mi amigo».

El Dr. Roquer era de familia más bien sencilla. Vivía con su madre y una hermana en el Ensanche de Barcelona. Su talante sociable le condujo poco a poco a aumentar los contactos con empresarios y a menudear las tertulias con familias de la burguesía catalana del momento. «El mundo los salones», con sus pequeños acontecimientos familiares o sociales tenían como un gran honor contar con el Dr. Roquer como invitado. Como filósofo hay que decir que, aun siendo hombre muy culto, no era nada sistemático e incluso nada constante en su trabajo. Tenía una especial pereza para escribir y ello hace difícil sistematizar su pensamiento. Prefería expresarse en tertulias universitarias donde estaba también Bofill, Lluís Cuéllar, el P Xiberta y otros. Su vasta cultura lo hacía un interlocutor muy interesante.

Catedrático muy joven, era muy sensible a la moda cultural del momento: enseñaba ya a Heidegger en la universidad y había conocido a Zubiri. Pero no nos engañamos: no participaba nada del espíritu digamos modernista. Dicen que él y el Dr. Tusquets se habían prometido mutuamente no quitarse nunca la sotana. He aquí… La tendencia ideológica del Dr. Roquer, junto con Joaquim Carreras, Jaume Bofill, Joan Tusquets, Josep M Roig i Gironella y Francesc Canals se incluye dentro del «neotradicionalismo católico» o dentro del «espiritualismo introspectivo» junto con Serra Hunter y Carreres Artau

Se sentía un buen catalán por nacimiento y familia. Lo que no quiere decir que no fuera tenido más tarde por un «intelectual del régimen». No hay que olvidar uno de los «affaires» en el cual el Dr. Roquer participó activamente: nos referimos a la censura de la edición de Les dues tradicions. Història espiritual de les Espanyes que el Dr. Carles Cardó escribe durante el exilio y que publica en París en el año 1947. Desde el gobierno de Madrid, se hicieron todo tipo de presiones para que el Dr. Cardó se desdijera de la publicación de Les dues tradicions. En el capítulo el «Gran refús», que faltaba en la edición del año 1977, aparecen los hombres-clave que rehusaron lo que el Dr. Cardó denominó «la realidad de Cataluña». Especialmente en el informe que el Dr. Carles Cardó envía a Monseñor Battista Montini, entonces sustituto en la Secretaría de estado, dice que «el día 4 de Noviembre (de 1947), monseñor Ramon Roquer, profesor de la universidad de Barcelona, me telefoneó desde el ministerio de Asuntos Exteriores de Madrid y en nombre del ministro exhortándome a parar la publicación»

EL 1 de diciembre se entrevista con el Dr. Cardó en Friburg. Dice textualmente «Mon. Roquer me somete a una coacción moral muy fuerte, hecha de amenazas y de promesas…». Se sucedieron una serie de hechos minuciosamente explicados en este informe que ponen en evidencia que las autoridades eclesiásticas catalanas serían «más fieles a la política recibida de Madrid que a la misión apostólica confiada por Roma». El papel del Dr. Roquer en todo éste «affaire» fue muy considerable y aun advirtiendo que el Dr. Roquer obedecía al deseo e incluso a las órdenes de su prelado, es evidente que en toda esta cuestión él y muchos otros seguían el procedimiento habitual de las autoridades eclesiásticas adictas al régimen. Ya hemos dicho que Ramon Roquer no fue demasiado sistemático, hace quizás falta añadir, según nuestra opinión que no estuvo tampoco original o novedoso, sin embargo sus apreciaciones tienen mucho de «filosofía pastoral», si se me permite la expresión. De apreciaciones sutiles, precisas, movido por el afán de una verdad próxima que fuera fácilmente asequible y práctica y dejara en el ánimo un deseo duradero de hacer el bien.

Su influencia como periodista y hombre público

Nos referiremos en primer lugar a la Moral contingentista de Boutroux. Emile Boutroux, filósofo de tendencia espiritualista, maestro de Bergson y Blondel, hace un análisis sobre las condiciones de inteligibilidad de la contingencia de este mundo. El hecho fundamental de la propia libertad es la imprevisión. Pero no es menos cierto que la ciencia nos habla de unas leyes determinísticas de la materia. Roquer nos dice que el criterio de necesidad de cualquier relación consiste en la posibilidad de conducirla analíticamente a una síntesis causal a priori. Pero encuentra una excepción: la excepción es el ser. El ser no existe necesariamente, no puede deducirse analíticamente de la idea de lo posible. Claramente: la existencia es una forma contingente del ser posible.

Y esto pasa mucho más con los fenómenos de conciencia o en los estudios históricos. La indeterminación se encuentra presente en las cosas humanas todavía con más frecuencia que en las cosas materiales. El análisis descubre en los principios y métodos de las ciencias un notable margen de contingencia. Roquer nos ha dejado, aparte del seguimiento atento del autor, la pregunta abierta sobre la finalidad. Parece que, en su opinión, ésta fuera la alternativa al mecanismo. La finalidad natural de las cosas materiales escapa del azar, al mismo tiempo que supera al puro mecanicismo.

Avanzando un poco más en el conocimiento de la obra del Dr. Roquer, en Lecciones de Ética que es un manual escolar de ética, recoge unas intuiciones que sólo insinúa brevemente, pero que denotan un conocimiento sólido pero crítico de las principales escuelas contemporáneas y especialmente de la ética material de los valores de Max Scheler. Nos advierte Roquer que al margen de las ciencias de los seres, está también la ciencia de los valores, universal y necesaria. Aquí la influencia de la fenomenología es evidente. Al lado, pues, de las ciencias metafísicas y de las lógicas hay lugar para una ciencia axiológica o de los valores.

No se trata aquí de una mera aplicación de la categoría de sustancia, sino que la vivencia de un valor consiste en que se nos impone un referirse especial del objeto a nosotros. La ética de los valores en contraposición a la ética exclusivamente formal y a la material, tiene como objeto descubrir intuitivamente el reino del bien. Ahora bien a la hora de averiguar cómo se produce la intuición de los valores hay que admitir un cierto contenido antiguo sin el cual peligraría la sustantividad absoluta del valor moral. Como dice Roquer: o nos reducimos a un formalismo vacío de contenido o a una interpretación psicologista del bien y del mal». Para evitar este riesgo hace falta el reconocimiento de la validez absoluta de los valores morales. «el bien moral como el cumplimiento del deber y el deber como la práctica del bien en sí mismo».

Aquí también como en otras cuestiones Roquer se manifiesta muy sensible al aspecto social de la conciencia, hasta el punto de afirmar que en el cumplimiento social de valores éticos a veces no interviene tanto una «ecuación personal» como la mera «repercusión del ambiente». Una apreciación poco frecuente en la época en que él escribe. Roquer se considera discípulo de Balmes. Justamente en la conferencia impartida con motivo del Centenario del Criterio cree que Balmes consigue un uso digamos más cotidiano del sentido común. En este sentido empieza su conferencia haciéndose eco del párrafo en el que Balmes considera «imposible» que resultaran ordenadas las letras de imprenta tiradas al suelo de forma que por causalidad formaran el episodio de Dido. Balmes de hecho llama imposible aquello que hablando ontológicamente sólo es «improbable» y que sería imposible según el sentido común, que no es otra cosa que razón sana, sensatez o juicio.

Ahora bien, este buen sentido de la humanidad, aunque parezca un acto instintivo y ciego, sólo lo parece. Balmes, nos dice que el sentido común está hecho de inspiración y de intuición. Nos habla de inspiración definida como aquella luz instantánea que brilla de golpe en el entendimiento, y de intuición entendida como el ver sin esfuerzo aquello que muchos otros no descubrirán sin mucho trabajo. Así pues la cosa no se tan sencilla como parece a primer vistazo. Si la intuición y la inspiración especifican el sentido común, la pregunta es: ¿es en todos igual?, es decir ¿hay un sentido «común» del «sentido común»?

Hay que decir, en primer lugar, que el asentimiento intelectual fruto del sentido común es diferente al que se da como fruto de la evidencia, porque en el sentido común el entendimiento «siente» en lugar de «conocer» y en la evidencia sucede al revés: conoce más que siente. Roquer piensa que el sentido común tiene como verdadero aquello que no siendo analítico se tiene por evidente. Ahora bien, ¿cuál es la diferencia entre el sentir y el conocer del entendimiento?. Una cosa es el conocer, es decir, el verlo claro de la conciencia, y otra el sentir, es a decir, la seguridad de poseer una verdad y no sólo una ilusión. Pero esta seguridad también se da como fruto de la evidencia objetiva clásica. ¿Será lícito, pues, hacer consistir el criterio de evidencia en un tipo de sentido, de inclinación o de instinto?

Roquer se refiere a menudo a este uso natural instintivo de la razón contrapuesto al uso reflexivo de la misma, que en esto hace una apelación a la naturaleza que ya hicieron, en diferentes direcciones tanto Aristóteles como Kant. En todo caso, la gravedad de esta apelación viene matizada por Balmes por las condiciones que señala al sentido común: que la inclinación al asentimiento sea irresistible; que su verdad sea universalmente retenida por todo el mundo; que pueda ser sometida al examen de la razón, etc.. De cualquier forma parece que en el punto de partida de la reflexión, ciencia, acción o moral, hay la aceptación de ciertas verdades en tanto que leyes del pensar y del ser de las cosas, que se imponen, no por demostración, sino que son objeto de conocimiento inmediato y necesario.

Ha sido ya suficientemente comentado el interés de Roquer al señalar la importancia del factor social en cualquier planteamiento de formación humana. En una colaboración sobre la «justicia en Platón» comparando la enseñanza platónica sobre la virtud de la justicia con las enseñanzas pontificias sobre justicia social, Roquer alaba que Platón haya cogido el objeto propio de la justicia social. En este sentido, si el ambiente reinante e incluso algunas actuaciones antes mencionadas hacen pensar en un cierto colaboracionismo de Roquer respecto de unos regímenes totalitarios, muy largo es su distanciamiento teórico respecto de la justificación estatista. Él mismo, concluye: «Qué duda hay que muchas veces el individuo tiene que sacrificarse completamente por el bien común, pero el Estado en su constitución tiene que respetar los derechos inherentes a la naturaleza humana: la ley natural ha de anteponerse se a la positiva».

En este sentido Roquer se distanció siempre de la justificación de una lógica de poder o fuerza, aun reconociendo los fundamentos teóricos de un orden social cristiano. En 1962 con motivo de la inauguración del Concilio Ecuménico Roquer se aleja de la «exaltación peligrosa» de «la fuerza de poder» y piensa que el culto a la realeza de Cristo es un recuerdo importante de que sólo Él es el origen del poder. Dice: «sólo el epicentro divino es garantía de la amplitud de perspectivas en el gobierno de los pueblos». El deseo de impregnar todo el orden social con el valor de la fe lo aprendió del P. Orlandis S. I., con quien compartía el deseo de que todos los elementos de la vida personal, familiar y política se subordinaran al orden divino. Roquer veía la realeza social de Cristo como una reacción al laicismo y al indiferentismo religioso y claramente vinculado con el culto al Corazón de Jesús. En este sentido es clara la influencia del P. Ramière sobre la universal soberanía del Corazón de Jesús de la cual Roquer se nos hacía eco, especialmente al llegar la festividad de Cristo rey. Aunque esta autoridad no puede degenerar en tiranía ya que no trasciende de la esfera religiosa y moral. En este sentido, piensa Roquer que las normas sociales inspiradas en el evangelio son una barrera tanto contra el abuso de libertad como del abuso del poder.

La vocación periodística del Dr. Roquer

Como articulista, en su columna semanal de LA VANGUARDIA fue testigo vivo de hechos que marcaron la vida y sociedad contemporáneas. Si bien es verdad que su estilo era un poco oscuro y cargado, es indudable el mérito en la constancia en el anuncio de las principales fiestas religiosas o litúrgicas así como los logrados comentarios de acontecimientos eclesiales o políticos de la época. A la muerte de Pío XII, escribe: «Las grandes encíclicas han trazado las coordenadas reguladoras de la especulación teologal, respetando la libre investigación… mientras no degeneran en soberbia de la inteligencia o de la vida». Hay que fijarnos en su personal evolución espiritual, cuando a la muerte del Papa Juan XXIII cinco años más tarde escribe: «En Juan XXIII la idea, la abstracción no entró nunca en lucha con la existencia… Juan XXIII tenía plena conciencia de lo que supone la presencia» de la Iglesia en el mundo, sobre todo en el mundo actual… «Tradición» no equivale a monótona «repetición» sino a creadora y vivificante evolución homogénea de la verdad revelada, al proponer (la fe) a oidos modernos en el lenguaje más idóneo».

Y es que Juan XXIII era el Papa del Concilio, el gran acontecimiento eclesial del siglo XX. Dice Roquer: «Lo que impulsó a Juan XXIII fue un afán de verdad…» Refiriéndose a los esquemas de «Mater et Magistra» y «Pacem in terris» a punto de aprobarse dice del Papa que «lejos de mostrarse totalitario» procedía a corazón abierto para abrir paralelamente las máximas posibilidades…» y es que -y este hecho intelectual golpeaba profundamente a Roquer – » el Papa siempre partía de lo concreto, de la situación histórica real y vivida»

Pero es la Plegaria eterna la obra de más prestigio e influencia de Ramon Roquer y la de más contenido teológico de todas. No la trataremos en detalle. Sólo recordamos que trata de la esencia de la plegaria, de las divisiones usuales de la oración, de las dificultades provenientes de la filosofía kantiana o positivismo respecto de la unión con Dios, de la insuficiencia del protestantismo para concebir la plegaria católica y finalmente de la plegaria a lo largo de la historia. Los aspectos más filosóficos de esta obra los encontramos cuando Roquer intenta refutar los planteamientos kantianos, positivistas o modernistas que tiene que explicitar los fundamentos ontológicos desde los cuales se produce. Por otra parte, esta obra madura tiene muy clara su finalidad didáctica y pastoral.

Y, para terminar, permítame unas palabras que puedan glosar la obra del Dr. Roquer. De formación clásica, vasta cultura, era observador y muy sutil al precisar el nudo de las cuestiones más fundamentales. Nada sistemático, unía, sin embargo, la facilidad en la comunicación con la naturalidad al sugerir nuevos horizontes a la reflexión filosófica. Su tarea eclesial le facilitó un tipo de filosofía popular, al alcance de las personas con quienes trataba diariamente. Formado en la escuela de Balmes hizo del juicio, el buen criterio y la palabra un sitio común donde la filosofía se volvía vida. Ciertamente influenciado por el talante y las ideologías del momento sabía confrontarlas con rigor con la filosofía perenne y las partes de verdad que sabía recoger en toda corriente filosófica.

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