Torras i Bages: la tradición catalana y el nacionalismo


La revista PÁGINAS PARA EL MES (www.paginasparaelmes.com) publicó, en su edición del enero de 2004, el artículo titulado Poco lliure la Catalunya del tripartito, de Fernando Aro, en el que se criticaba al obispo de Vic Josep Torras i Bages por considerar que sus planteamientos estaban en la raíz del proceso de secularización de Cataluña. El trabajo que presentamos a continuación pone de relieve, de manera bien fundamentada, exactamente todo lo contrario.

Sin quererlo, últimamente, el pensamiento de Josep Torras i Bages se ha colocado en el epicentro de una polémica sobre el nacionalismo y sus efectos respecto de la religión. Se han referido a ello desde los que plantean el nacionalismo como factotum secularizante hasta los que reclaman el pensamiento de Torras i Bages como una forma de nacionalismo católico, legítimo y revivificador del cristianismo en Cataluña. En medio, se sitúa La Tradició Catalana, la obra del obispo de Vic que todos deberíamos leer y entender para dar solución a la polémica en torno al nacionalismo catalán.

Un contexto complicado

Antes que nada, realizamos varias advertencias sin las que, posiblemente, no podríamos entender el pensamiento de Torras i Bages. Una de ellas es con respecto a los términos «nació, nacionalisme o nacionalitat» que usa el obispo de Vic. Si revisamos mapas de Cataluña, del siglo XVIII, en plena época de Felipe V, encontramos la designación de «Nació catalana». Sin embargo, la denominación de «Nació», en el Antiguo Régimen, nada tiene que ver con el concepto moderno de nacionalismo, tal y como el propio Torras i Bages se encargará de distinguir tácitamente. Por tanto, no todo el que habla de «Nación» (aplicado a Cataluña) tiene que ser necesariamente nacionalista en sentido moderno, como es el caso de Torras i Bages; y no todo nacionalista moderno entiende por «Nación» lo que entendían los catalanes del siglo XVIII y de siglos anteriores.

Otra advertencia es en relación con el contexto histórico y sociológico en el que se escribe La Tradició Catalana. Unos años antes, León XIII, en la Encíclica Cum Multa, llamaba a la reconciliación de los españoles, tras la Guerra carlista, y a la aceptación del nuevo régimen liberal. Los católicos españoles, al igual que en su momento los franceses, se debatieron entre seguir las posturas contrarrevolucionarias, no aceptando el nuevo régimen, o someterse obedeciendo a Roma. Contra su conciencia, muchos aceptaron el régimen liberal de la Restauración. En Cataluña, obispos como Caixal o Casañas se mantuvieron carlistas y díscolos con el nuevo régimen. Otros obispos, como Morgadas, aceptaron los nuevos tiempos políticos. Aunque en su fuero interno Morgades y muchos eclesiásticos despreciaban el liberalismo, lo aceptaron como un hecho. Por contra, aunque reconocían en el carlismo la defensa de la Cristiandad, lo acabaron repudiando. Morgadas, defendiendo las tesis de la Cum Multa, inició en Cataluña la desactivación del clero carlista. Una parte de los eclesiásticos catalanes tuvieron que sufrir esta paradójica situación: el abandono del carlismo catalán y la aceptación del Gobierno de Madrid, viendo cómo, desde ese Gobierno que reconocían, empezaban a llegar nuevamente los vientos de la secularización y el liberalismo.

La lucha contra ese Gobierno (odiado, pero aceptado) desembocó en una defensa acérrima de «lo catalán» como esencialmente cristiano, frente a los aires que soplaban desde Madrid, como liberales. Se ha tenido a Morgadas como uno de los iniciadores de esta defensa. Es conocida su pastoral instando a enseñar el Catecismo en catalán y no en castellano. Pero hay que decir que lo que movía a Morgadas no era un espíritu «nacionalista», en sentido moderno, de oposición a «Madrid» o a «España», sino el temor a que el centralismo educativo que empezaba a imponerse, uniformizador al estilo francés, fuera acompañado del espíritu secularizador del liberalismo moderno. En cierta medida, es la misma situación en la que los sacerdotes rurales vascos lucharon contra la difusión del castellano, pues en él veían la lengua por la que se difundían las ideas del liberalismo; unas ideas que podían poner en peligro la fe del pueblo vasco.

Torras i Bages, sucesor de Morgadas en el Obispado de Vic, se encontró en la misma paradójica situación y, en cierta medida, prolongó la labor de Morgadas. Si se nos permite la simplificación en la interpretación de este complejo fenómeno, podríamos decir que este originario catalanismo, coincidente con la Renaixença, representaba un último intento de salvaguardar una Cataluña cristiana frente a un liberalismo que empezaba a manifestarse con toda su fuerza. La prevención hacia el Gobierno de Madrid, hacia el castellano, no era por odio a los otros pueblos de España, como deja bien claro Torras i Bages, sino por el temor a que el anticlericalismo invadiera Cataluña y se arruinara el católico pueblo catalán.

Otra advertencia que hay que tener en cuenta se refiere al entorno de la Renaixença, complejo y poco conocido. Aunque muchos demócratas y nacionalistas modernos reivindiquen la Renaixença, ésta (en muchos de sus protagonistas políticos) manifestó una clara aversión a la democracia y al mecanicismo inorgánico de un Estado centralista e igualador. Las Bases de Manresa, hoy loadas por buena parte del nacionalismo revolucionario, son (paradójicamente) profundamente antidemocráticas (entendiendo la democracia como democracia inorgánica) en su forma y en su contenido. Las tesis «organicistas» sutiles y muchas veces inapreciables recorren el primer catalanismo católico. La influencia del organicismo de Maurras y la Acción Francesa en hombres de la Lliga como Narcís Verdaguer, Francesc Cambó o Joan Esterlich ha sido reivindicada recientemente. Incluso Rovira i Virgili advierte que Prat de la Riba tenía un discurso muy semejante al de Maurras. Este organicismo (entender la sociedad como un organismo no igualitarista, como un orden que implica desigualdad, donde cada parte del organismo cumple una función distinta y jerarquizada, generando una unidad viva) se trasluce en los escritos de Torras i Bages y en muchos artículos de La veu de Montserrat, dirigida por uno de los primeros y más entusiastas catalanistas, el canónigo de Vic Jaume Collell. El nacionalismo moderno, explícita y tácitamente, aborrecerá de este organicismo.

Sin embargo, este «organicismo» (también de raíces anticristianas que llegan hasta el mismo Comte) queda perfectamente tamizado y regenerado por el tomismo que empapa la obra de Torras i Bages, y simplemente queda en un «lenguaje» y unas ideas fácilmente conciliables con el cristianismo. Un «lenguaje» que posteriormente retomaría el «nacionalismo moderno», vaciando el contenido que quiso otorgarle Torras i Bages. Sería imposible descifrar el lugar de Torras i Bages en el pensamiento catalán si no tuviéramos en cuenta la distinción que establece Alejandro Plana entre las formas de explicar el nacionalismo.

Hay dos intentos de explicar la Renaixença cultural y política catalana a finales del XIX. Por un lado, la tesis centrífuga que afirma que el renacimiento proviene desde las fuerzas internas de Cataluña, de una vinculación con su propia tradición medieval. Esta tesis fue defendida por Prat de la Riba y el catalanismo católico, entre ellos el de Torras i Bages. Una segunda tesis, la centrípeta, es la que propone como causa del renacimiento de Cataluña la introducción en la política española de las ideas modernas y revolucionarias a través no tanto de las Cortes de Cádiz sino por el movimiento romántico. Esta tesis fue defendida principalmente por Almirall. La Tradició Catalana, sin expresarlo explícitamente, es una réplica a las ideas de Almirall. Torras i Bages supone que Cataluña (ser social vivo) puede resurgir como fuerza espiritual, en la medida que sea fiel a su propia Tradición. Antes bien, toda idea revolucionaria y extranjerizante sólo puede matar a Cataluña.

La Tradició catalana, poco leída y mal comprendida

El problema de La Tradició catalana es que se ha convertido en un referente sin que haya sido estudiada y leída convenientemente. La obra es el resultado de una sucesión de artículos publicados, muchos de ellos anteriormente, en La veu de Montserrat, junto a un añadido final sobre figuras del pensamiento y la cultura catalana. Consciente del peligro de mala interpretación, Torras i Bages, en la segunda edición de la obra (1905), quiso dejar bien claro que no debía hacerse una lectura en clave de confrontación entre España y Cataluña: «Es certament aquest llibre un breviari del culte a la pàtria-terra: però que de cap manera no s´oposa, ans al revés, al culte d´Espanya, conjunt de pobles units per la Providència, i al culte de la universal Humanitat, a la qual amem, ens sembla, molt més intensament que els sans patrie que es glorien d’ésser humanitaris per excel.lència» («Es ciertamente este libro un breviario del culto a la patria-Tierra: pero que de ninguna manera se opone, sino todo lo contrario, al culto de España, conjunto de pueblos unidos por la Providencia, y al culto de la universal Humanidad, a la cual amamos, nos parece, más intensamente que los sin patria que se glorían de ser humanitarios por excelencia«). Curiosamente la definición que hace de España coincide con la que realizará de Cataluña: Conjunto de pueblos unidos por la Providencia. A lo largo de su obra, Torras i Bages mantiene que Cataluña y España son pueblos vivos. Uno en otro. No hay asomo de la idea «cartesiana» del nacionalismo moderno que proclama que, donde hay una nación, se excluye otra. De las páginas de La Tradició Catalana, se desprende un lacónico lamento por parte del obispo de Vic, de la debilidad del espíritu español, que ya no es capaz de transmitir el catolicismo, como aún puede hacerlo Cataluña.

Las claves para entender La Tradició Catalana y lo que entendía Torras i Bages por Cataluña deben situarse en una profunda crítica al liberalismo homogeneizador y centralista que inaugura la Revolución francesa, por un lado. Por otro, muestra la comprensión de que «Catalunya i l´Esglèsia són dues coses en el passat de la nostra terra que és imposible destriar» («Cataluña y la Iglesia son dos cosas en el pasado de nuestra Tierra que es imposible separar«). Esta afirmación se concreta en el famoso lema atribuido a Torras i Bages: «Catalunya serà cristiana o no serà«, afirmación que, por cierto, no aparece en ninguno de sus escritos. Esta identificación entre el pasado de Cataluña y el pasado de la Iglesia es lo que le permite afirmar a Torras i Bages la necesidad de que Cataluña tenga su «Llei nacional», su «pròpia Llei» i «autonomia». Pero cuando Torras i Bages habla con este lenguaje que ha retomado el nacionalismo moderno, quiere significar lo contrario que pretende éste.

La pérdida de autonomía de los pueblos se realiza, según el obispo de Vic, en los tiempos posrevolucionarios, con «el servilisme de la moda… el modern furor nihilista, un criminal odi parricida, una vana amor a les coses estrangeres» (cap. I). Esta «Llei» es el reflejo del espíritu de un pueblo. Torras i Bages no concibe que Cataluña pueda desprenderse de su cristianismo, ni siquiera permite concebir una Cataluña sin fe. Con un agudo providencialismo, afirma: «Catalunya la va fer Déu, no l´han feta els homes: els homes sols poden desfer-la; si l´esperit de la pàtria viu, tindrem pàtria: si mor, morirà ella mateixa» («Cataluña la hizo Dios, no la han hecho los hombres: los hombres sólo pueden deshacerla; si el espírito de la patria vive, tendremos patria: si muere, morirá ella misma«). El «autonomismo» de Torras i Bages significa que los pueblos que son fieles a su Espíritu cristiano, como Cataluña, sobrevivirán a la revolución liberal que pretende modelarlos, uniformarlos y paganizarlos.

El «autonomismo» del nacionalismo moderno afirma la autonomía política como una autonomía de otros poderes políticos y de todo tipo de Ley trascendente. Por eso Torras i Bages, contra lo que plantea el nacionalismo moderno y revolucionario, entiende que las naciones y los pueblos sobreviven a los Estados; más aún, se desarrollan y viven sin ellos. El obispo de Vic identifica al Estado con una realidad puramente accidental y mutable que no puede «encerrar» a las naciones y pueblos. De ahí su defensa del regionalismo. Para Torras i Bages, el regionalismo es la reivindicación de que las naciones no necesitan de Estados: «Els organismes polítics, els Estats, es fan i desfan segons les circumstàncies, fins se’ls constitueix en congresos diplomàtics, per la qual cosa llur duració és sempre limitada» (cap. III) («Los organismos políticos, los Estados, se hacen y deshacen según las circunstancias, hasta se les constituye en congresos diplomáticos, por lo cual su duración es siempre limitada«).

El nacionalismo moderno es inequívocamente «estadólatra». Reivindica el Estado como única posibilidad de supervivencia de una nación. Sin un Estado legislador, una nación no podrá sobrevivir, se nos viene a plantear. Sin embargo, para Torras i Bages, aunque reivindica el derecho catalán como parte de la nación catalana, se trata de la reivindicación del derecho consuetudinario. Frente a la exaltación moderna del derecho positivo, el obispo de Vic proclama la costumbre. Más aún, recuerda que Cataluña tuvo a bien tener el Derecho eclesiástico como derecho supletorio. Esta presencia del Derecho canónico permitió la consagración de la familia como centro de la vida catalana: «L´organització familiar és la patriarcal… Les relacions entre marit i muller són les que tingueren ja entre sí Adam i Eva en els primers moments de la creació del nostre llinatge sobre la terra, i l´autoritat del pare és plena i divina, sense limitació legislativa, puix el mateix Decàleg» (cap. II) («La organización familiar es la patriarcal… Las relaciones entre marido y mujer son las que tuvieron ya entre sí Adán y Eva en los primeros momentos de la creación de nuestro linaje sobre la Tierra, y la autoridad del padre es plena y divina, sin limitación legislativa, por el mismo Decálogo«).

Este sentido de la familia, propio de la verdadera Cataluña, vuelve a alejarse de la del nacionalismo revolucionario. Esta concepción de la familia es fundamental para entender lo que Torras i Bages quiere afirmar como «sentiment de pàtria». El nacionalismo revolucionario, fruto del romanticismo inglés y alemán, alabó el «sentimiento» como forma de reencuentro del espíritu humano con el espíritu abstracto de los pueblos. Sin embargo, Torras i Bages entiende que el «sentimient de pàtria… té una vertadera semblança amb l´amor filial: és la pàtria verament la nostra mare» (cap. IX). Por tanto, no podría haber patria sin familias. El nacionalismo revolucionario, participando de la idea de Estado moderno, prescinde de la idea de familia como célula constitutiva de la sociedad, al interpretar la sociedad como meramente una relación entre Estado e individuos. Por eso, el nacionalismo revolucionario no tiene reparos en proponer modelos «alternativos», en la organización social, a la propia familia natural.

Si Torras i Bages contemplase ciertas políticas familiares realizadas en Cataluña, sin lugar a dudas, anunciaría la muerte de la verdadera Cataluña. Sin familia católica, no puede existir Cataluña: «La forma regional, repetim, és una federació de families unides entre sí amb estretíssims llaços naturals… ¿Com voleu que una tal forma no degui ésser avorrida de la Revolució, l´ideal de la qual és l´abolició de la familia natural i cristiana i la constitució del falansteri d´una manera més o menys nua?» (cap. XIV) («La forma regional, repetimos, es una federación de familias unidas entre sí con estrechísimos lazos naturales.. ¿Cómo queréis que una forma determinada no tenga que ser aburrida por la Revolución, cuyo ideal es la abolición de la familia natural y cristiana y la constitución del falansterio de una manera más o menos desnuda?«).

El nacionalismo, entendido como una forma de liberalismo, sería aborrecido por Torras i Bages, ya que entiende el liberalismo como «el conjunt de principis emanats del concepte revolucionari, formant un sistema dirigit a la governació dels homes» (cap. XVI). El liberalismo, según él, tiene una inmediata filiación histórica con la Declaración de los Derechos del Hombre y el Contrato Social de Rousseau, doctrina y declaraciones que Torras i Bages rechaza frontalmente por su profundo anticristianismo (cap. XVI). Frente este «liberalismo», profundamente masónico y que hay que combatir (cap. XII), se encuentra el «regionalismo». Torras i Bages es consciente de que una reivindicación de la pluralidad de pueblos y naciones, sin el sentido cristiano de la vida, conduce a la lucha fratricida de los pueblos: «El regionalisme per si sol, es a dir, la multiplicitat de vida en la societat humana, és cert que tindria gravíssimes dificultats per a establir o continuar la civilització sobre la terra: fins donaria lloc que naixessin entre els pobles aquelles enveges i pretensions a què tan inclinada es la humana familia … El regionalisme utilitari portaria al salvatgisme» (cap. XVII) («El regionalismo por sí solo, es decir, la multiplicidad de vida en la sociedad humana, es cierto que tendría gravísimas dificultades para establecer o continuar la civilización sobre la Tierra: hasta daría lugar a que naciesen entre los pueblos esas envidias y pretensiones a que tan propensa es la familia humana… El regionalismo utilitario llevaría al salvajismo«). Sólo el cristianismo puede llevar el equilibrio entre la necesidad de sentirse unido en lo universal y la natural particularidad de los pueblos. Un nacionalismo sin cristianismo estaría condenado a ser un nacionalismo combativo y en constante oposición con otros pueblos.

Desde esta perspectiva, podemos entender algo que no han sabido entender muchos seguidores de Torras i Bages. Ciertamente, algunas frases y consideraciones de La Tradició Catalana suenan a un discurso nacionalista moderno. El obispo de Vic aborrece la costumbre de los catalanes de ponerse nombres castellanos, en vez de catalanes; se lamenta de las canciones castellanas que recorren los pueblos catalanes y del olvido, por parte de los catalanes, de las viejas canciones y sencillos bailes de la tierra; propone la recuperación de «els castellets» frente a las extendidas corridas de toros. Pero esta reivindicación de «lo catalán» no es por lo catalán en sí, sino en la medida en que es parte de una vida social unida intrínsecamente al catolicismo y que corre peligro de morir. Torras i Bages ve en la pérdida de las costumbres catalanas una manifestación de desmoralización del pueblo catalán (cap. XIII). Lo mismo ocurre con su defensa de la lengua catalana. No es una defensa del catalán por sí mismo, sino en la medida en que es la manifestación cultural de un pueblo que corre peligro de descristianizarse por la obligatoriedad de usar el castellano en la escuela o la catequesis. La lengua es un instrumento para un bien mayor: la evangelización. En ningún momento, tal y como hace el nacionalismo revolucionario, a Torras i Bages se le habría ocurrido una reivindicación de la lengua por la lengua. Así explica el obispo de Vic los efectos de una catequesis en castellano: «Comencen els nois per aprendre la doctrina cristiana sense devoció, perquè en llengua castellana no l´entenen: la diuen després estrafent les paraules i xampurrejant, i al cap d´alguns anys que no van a estudi ja no se´n recorden» (cap. V) («Empiezan los niños por aprender la doctrina cristiana sin devoción, porque en lengua castellana no la entienden: la dicen después desfigurando las palabras y chapurreando, y al cabo de algunos años en que ya no estudian, ya ni se acuerdan«).

Una extraña conclusión

¿Es el pensamiento de Torras i Bages nacionalista? ¿El nacionalismo es esencialmente secularizante? La respuesta a estas cuestiones exige establecer distinciones nominales sobre el sentido de la palabra «nacionalista» y el ámbito de aplicación. Torras i Bages, a pesar de usar un lenguaje «nacionalista», nunca fue «nacionalista» en un sentido moderno y revolucionario; antes bien, esta corriente fue su primer enemigo. Torras i Bages defendía, en realidad, lo que llamaríamos «la catalanidad», entendiendo «catalanidad» como una participación de la «cristiandad», como la particularización en un pueblo de una aspiración universal. Este ímpetu, y con él su lenguaje, fue retomado por sus enemigos.

El nacionalismo revolucionario y moderno, adorador de una nación en un Estado moderno, devoto del Contrato Social de Rousseau, aniquilador del cristianismo como manifestación pública e histórica, heredero de Fichte y la filosofía alemana, despreciador del Antiguo Régimen que tanto veneraba Torras i Bages, es el que ha monopolizado la idea de Cataluña. Éste es el nacionalismo secularizador, al que los primeros catalanistas católicos le prestaron el ropaje. Después, él mismo se ha encargado de liquidar todo lo que el Obispo de Vic añoraba y amaba. Construir Cataluña desde un Estado liberal llevaría, si es que ya no nos ha llevado, a aquel «no será».

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