África, por las alarmantes cifras, es otra vez protagonista de la lucha contra el SIDA

Sólo en la parte subsahariana, hay casi 30 millones de afectados por el virus
Hablar del SIDA como epidemia es hablar de África, la zona del mundo donde la enfermedad es verdaderamente una fuente de muerte e injusticias y la responsable del nuevo y más grave drama del continente. El virus del VIH se encuentra tan extendido en continente que ya empiezan a faltar maestros a las escuelas y los niños huérfanos se cuentan por millones. Además, el SIDA está hundiendo totalmente el ya precario sistema económico y sanitario africano, lo cual hace más urgente que nunca una acción conjunta, liderada por los países desarrollados, con el objetivo de ayudar a los enfermos y a los afectados.

La esperanza de vida en África está cayendo de manera preocupante. Un total de 34 millones de infectados, de los 42 millones que hay en todo al mundo, nos dibujan un continente que se está convirtiendo en el principal espejo de la dejadez y el egoísmo del resto del mundo. Pese a la dimensión mundial de la epidemia, nos encontramos ante un problema esencialmente africano, puesto que dos tercios de los infectados viven en este continente.

El SIDA, con estas cifras que nos hacen recordar el impacto mortal de las guerras mundiales, se comporta también como un mutiplicador de la pobreza. Y en esto evidentemente África constituye el gran referente. Por ejemplo, en Mozambique, la enfermedad mata cada año a 400 maestros y profesores y a centenares de profesionales más sólo entre enfermeros, técnicos y personal sanitario en general.

La prioridad es pensar en el futuro

Hemos oído decir últimamente, y no sólo en el contexto del SIDA, que »África se está muriendo». Los devastadores efectos económicos y sociales se manifiestan, entre muchos otros ámbitos, en los millones de muertos que se esperan para los próximos años, en los problemas que la enfermedad crea en los adultos en edad fértil, en generaciones enteras de huérfanos, en la caída del Producto Interior Bruto de muchos países y en la cada vez más evidente crisis de los sistemas sanitarios, ya hoy ineficaces. Sin la ayuda del norte, África está condenada a afrontar un futuro más pobre en todos los sentidos, y el SIDA tiene mucho que ver con todo ello.

Mientras en los países desarrollados la mortalidad provocada por el SIDA ha disminuido en un 75 por ciento merced a las técnicas de terapia antirretroviral, que se utilizan desde 1996 y aseguran años de vida, en el continente africano los enfermos mueren en un tiempo medio de 7 y 8 meses. La respuesta a este drama que afecta a una parte del mundo existe, pero no es suficiente llevar fármacos a los países africanos. Al margen de la siempre necesaria prevención, la diagnosis, la educación sanitaria y la promoción de la salud, el mundo reclama urgentemente una completa acción de gran alcance que reconstruya los agonizantes sistemas sanitarios de África.

Entre la decisiva ayuda que la Iglesia ofrece a los enfermos de SIDA desde hace 20 años, destaca el programa de lucha contra la enfermedad que la Comunidad de San Egidio está desarrollando en Mozambique. Precisamente en este país se firmó la paz en 1992 gracias a la mediación de la entidad fundada por Andrea Riccardi, pero ahora queda pendiente un impulso para frenar l’epidemia. En estos momentos, hay 1,5 millones de mozambiqueños enfermos de SIDA, pero la aportación de San Egidio está promoviendo la formación de personal sanitario local, educación en este ámbito, prevención del contagio de madre a hijo y campañas de terapia, control de las donaciones de sangre y asistencia a domicilio, entre otras actuaciones.

Ahora que acabamos de celebrar un año más (1 de diciembre) el Día Mundial de Lucha contra el SIDA, volvemos a pensar en la necesidad de hacer realidad el »pacto por África», una idea que precisamente la Comunidad de San Egidio no deja de transmitir. Muchas otras organizaciones, entre ellas Manos Unidas, no dejan tampoco de hacer constantes llamamientos a la acción conjunta de todo el mundo desarrollado. Quizás falta una respuesta contundente y global, que no desvíe la atención hacia formas de prevención que han fracasado y que, además, no son ninguna garantía como protección.

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