Dos abordajes necesarios de esta catástrofe. Ucrania y el escándalo de la pederastia

Apreciado amigo/Apreciada amiga:

La Cuaresma de este año la recordaremos por el sufrimiento causado por la invasión de Ucrania. Un conflicto muy grave que centra la atención discreta del papa Francisco, porque junto a la tragedia de las víctimas que la padecen se añade la incertidumbre de su desarrollo que puede tener dos derivadas muy perjudiciales. La primera está a la vista y es el impacto económico y social. Lo más doloroso son los miles de ucranianos que se ven en la necesidad de huir, y también existe un segundo impacto menos intenso, pero más extenso, que es el progresivo empeoramiento de las condiciones de vida debido a la creciente inflación en Europa y la ralentización de la economía.

El otro riesgo es inconmensurablemente mayor. Se trata de la posibilidad de que rodando, rodando, entrásemos en un escenario bélico que tuviera como consumación una guerra nuclear. Sería literalmente espantoso, y esta reflexión todavía resulta más preocupante, si se considera que ni siquiera puede ser el resultado de una acción deliberada en este sentido, sino el de un error humano producido por una deficiente interpretación de los movimientos del otro. Hay que rezar con insistencia para que la paz impere pronto.

Podemos extraer otra lección de este momento tan difícil y es la que nos recordaba el cardenal Tagle en su visita a Barcelona. Hablando de la guerra de Ucrania, nos recordaba que en el mundo se están produciendo y se han producido con anterioridad guerras terribles que occidente ha olvidado que estaban allí. Quizás la proximidad de la tragedia nos haga encarar el futuro con una mayor sensibilidad solidaria.

El carácter histórico de los hechos no puede hacernos olvidar que otras cuestiones se mantienen vivas, porque así lo quieren quienes las han generado. Sería de una total ingenuidad, por ejemplo, olvidar que sigue en pie en nuestro país otro tipo de guerra que nos aplican, como es la guerra cultural contra todo lo que pueda significar, no ya en la Iglesia, sino la antropología, la moral, la cultura surgidas del cristianismo. En esta guerra cultural un papel importante viene desempeñando desde finales del siglo pasado el hecho de vincular el extendido delito de la pederastia exclusivamente a personas que pertenecen al ámbito de la Iglesia católica. El foco, que empezó en el área anglosajona, hace más de dos décadas se ha situado aquí. Y no es porque sí. Ahora el gobierno Sánchez, siguiendo el hilo de la campaña del diario El País, ha situado esta cuestión en primer plano. Gobierno y Congreso, controlados por las fuerzas del gobierno, empujan a crear una comisión sobre la pederastia, pero limitada solo a personas pertenecientes a la Iglesia católica. Es una brutalidad y una injusticia. Y esto no significa que como católicos tengamos que excusar a aquellos malhechores que han actuado en el peor sentido posible sobre niños y adolescentes. Jesús es muy claro y contundente en el evangelio cuando advierte que es mejor que se ate una piedra de molino al cuello. Por tanto, ningún intento de difuminar responsabilidades en este sentido. Pero el escándalo y la injusticia están ahí y sólo hay que efectuar una comparación para constatarlo. ¿Qué diríamos si el Congreso decidiera un buen día que van a estudiar los delitos de robo con violencia, pero sólo los cometidos por gitanos o inmigrantes? Pondríamos el grito en el cielo y diríamos justamente que es racismo y xenofobia. Porque no se puede vincular a un grupo de población concreto a la exclusiva de un delito. Pues eso que tanto nos escandalizaría nos está pasando con los católicos sin reacción alguna. No solo eso, sino que además estimulamos a que se mantenga este foco a base de querer hacer comisiones para estudiar esta misma cuestión en el seno de la Iglesia, algo que está muy bien si al mismo tiempo se exige por parte de las autoridades que se cree una comisión para indagar todos los delitos de pederastia cometidos, sea cual sea el sujeto. Porque además hay que recordar que las cifras señalan que los casos atribuibles a sacerdotes, en la última década oscilan entre el 0,2% y el 0,4% de los casos cometidos, mientras que es público y notorio que entre funcionarios del estado relacionados con el mundo de la protección de la infancia, de la acogida, de la enseñanza, del ocio, abundan muchos más este tipo de delito.

e-Cristians ha puesto negro sobre blanco en un informe los hechos y datos que puedes leer y descargarte AQUÍ. Su finalidad es difundir esta realidad y conseguir generar la opinión necesaria para que se ponga fin a utilizar a los católicos como chivo expiatorio y se aborde el escandaloso delito de la pederastia en toda su dimensión. Porque además, este chivo expiatorio se utiliza para practicar la gran ocultación, es decir, para no abordar el grueso de los delitos y quien los comete.

Te propongo que leas con atención el documento, lo hagas tuyo, lo difundas a través de tus amistades y relaciones, especialmente en el ámbito eclesial, y que ayudes con las ulteriores iniciativas que emprenderemos en su entorno. No puedes seguir asumiendo que la pederastia es sobre todo un hecho vinculado al mundo católico. No puedes seguir siendo cómplice de convertir a la Iglesia y tu fe en el chivo expiatorio que oculta la realidad de que este delito es un mal social que está extendido y que ninguna instancia ni gobierno está dispuesto a abordar, y que utiliza por una razón u otra en la Iglesia para conseguirlo.

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